LA LLAVE


Gabriel se levanta sobresaltado de la siesta. Un desasosiego se apodera de él, haciéndole recorrer un escalofrió de pies a cabeza. Un extraño sueño del que no tiene recuerdo se ha instalado en su cerebro y no le deja reaccionar. Se incorpora y durante unos minutos ve pasar miles de anuncios del televisor. Se levanta para deambular por el breve pasillo. Una idea se ha instalado e su mente pero necesita ser madurada. Llega a la cocina bebe agua y vuelve al pasillo con un cigarro, para que la idea cuaje. Una, dos y tres caladas le devuelven a la realidad. La neblina que forma el humo del cigarro le hacen ir desarrollando la historia que, en forma de sueño, le ha sido revelada.
Apoyándose en sus propias manos, Gabriel toma impulso para ponerse de pie y así, ir hasta el despacho. Enciende el ordenador abre un nuevo documento Word y comienza a escribir:
“Conoció la angustia y el dolor pero nunca estuvo triste una mañana”. Le ha salido así de chorro sin pensarlo. Rebusca por internet hasta que descubre, que como casi todo ya está inventada. Es una frase de Hemingway, pero le va a servir para hablar de una persona a la que realmente no conoció tanto. El abuelo de Gabriel se llamaba Ángel. O eso creen todos a pies juntillas, porque bien es sabido que debido a la guerra civil; muchos hombres y mujeres cambiaron sus datos, para que no se hiciera justicia con ellos. Los apellidos evidentemente no eran los originarios, pero eso ya daba igual. En el presente ya todo estaba con esos apellidos, cambiarlo todo en ese instante, seria producir un caos. Pero no es la veracidad de la heráldica familiar lo que más inquietaba a Gabriel. Realmente eso le traía al fresco. Las idas y venidas, las huidas por encontrar un sitio a salvo, eso era lo que le inquietaba de su abuelo. Ese sentimiento de supervivencia que se le inculcó desde niño. Todo con medias verdades. Con silencios absolutos y absolutistas, que realmente no les ha dejado ni a el ni a sus primos desarrollarse como son. Expandirse sin ese miedo a ser mal mirados.
Ángel, se juró y perjuró que ni sus hijos ni sus nietos, serían mal vistos. Ni maltratados, ni vilipendiados. Muy dentro de él, sabía que llegaría el día que ya no serían nómadas. Que se asentarían en una tierra que daría grandes frutos. Y así lo fue. Con los años se instalaron en una ciudad industrial de la costa alicantina, que era un oasis repleto de palmeras. Y consiguió su piso, su coche, el negocio para sus hijos, un gran chalet y todo lo que había soñado. Dejando atrás lo que había aprendido por tradición, a ser un ave de paso.
Gabriel se recuesta mirando al techo. Por un momento la idea del sueño retorna a él. Ya lo recuerda. ¡Es la llave! Exclama para sí. El abuelo de Gabriel llevaba siempre una llave pequeña, como si fuera de un diario personal, en su llavero. Nadie sabía de quien era esa llave. Siempre en las comidas familiares salía relucir la eterna pregunta. ¿De dónde será la maldita llave? Años mas tarde un cáncer se llevó a Ángel y un día de todos los santos la madre de Gabriel tras recordar lo de la llave, sacó el llavero del bolsillo (se lo había quedado ella) y metió la llave en la cerradura del cristal que separaba a todos de la lápida. Se abrió y todos quedaron descompuestos. La llave que tanto había conservado Ángel, era la misma llave que abría su propia tumba. Curiosos y sorprendidos un escalofrío recorrió de pies a cabeza el cuerpo de todos los familiares. Cerraron el cristal y ya nunca más se volvió a hablar de eso.
Gabriel vuelve a mirar la pantalla y vuelve a leer la frase “Conoció la angustia y el dolor pero nunca estuvo triste una mañana”. En la pantalla del ordenador no hay nada más que eso. El amor a su abuelo es tan grande que tan solo esa frase es digna de su memoria. Es la oración que resume toda una vida de lucha y misterios. De silencios y olvidos. Pero al menos queda en su memoria que eso es lo que realmente importa.

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