Archivo para diciembre, 2010

ENRIQUE VILA-MATAS

Posted in Homenajes on 31 diciembre 2010 by cuestiondeego

 

BIOGRAFÍA

Enrique Vila-Matas nació en Barcelona en 1948. En el 68 se fue a vivir a París, autoexiliado del gobierno de Franco y buscando mayor libertad creativa. El apartamento donde se instaló se lo alquiló la escritora Marguerite Duras. Durante estos años subsistió realizando pequeños trabajos como periodista para la revista “Fotogramas”, e incluso colaboró como figurante en una película de James Bond.
Se hizo escritor tratando de imitar a otro autor, que consideraba raro “del que no había leído una sola línea pero del que conocía en detalle todas sus rarezas, el polaco Witold Gombrowicz”. Cuando finalmente leyó a Gombrowicz “pude advertir que no me parecía en nada a él, y descubrí de paso que había desarrollado una voz propia y singular”.
Vila-Matas publicó su primer libro: “La asesina ilustrada” en 1977, desde entonces no ha dejado de escribir quizás porque, según ha dicho él mismo, “escribir es corregir la vida, es la única cosa que nos protege de las heridas y los golpes que da la vida.”
Con la publicación de su “Historia abreviada de la literatura portátil” comenzó a ser reconocido y admirado en el ámbito internacional, especialmente en los países latinoamericanos y en Portugal.
Sus obras son mezcla de ensayo, crónica periodística y novela. Su literatura, fragmentaria e irónica, diluye los límites de la ficción y la realidad.
Rodrigo Fresán escribió que “una forma más tonta que extraña de definir a Vila-Matas sería afirmar que se trata del más argentino de los escritores españoles. Después de todo, allí están la manía referencial y el siempre dúctil aparato enciclopédico, el humor en serio, los juegos metaficcionales donde el autor es siempre protagonista, las apelaciones cómplices a su lector, y el tránsito cosmopolita, constante y sin compromiso, por las bibliotecas y las ciudades”.
Ha desarrollado una amplia obra narrativa que se inicia en 1973 y que hasta la fecha ha sido traducida a nueve idiomas. Actualmente es uno de los narradores españoles más elogiados por la crítica nacional e internacional, aunque los premios y el reconocimiento en España le han llegado tardíamente.
 
 
Adoro a este escritor.  Para mí es uno de los grandes. Quizás el más grande.  Tiene la suerte de ser amigo de otro escritor que admiro.  Paul Auster.  Aquí mi homenaje.  Como diría Trueba “Yo no creo en Dios, creo en Vila-Matas”.  Os enlazo su blog.

 Aquí os pongo una muestra de su talento:

 

 

Café Perec.

Texto leído en la Cátedra Anagrama
de la Universidad de Monterrey
México, 1 de agosto de 2008

¿Qué sucede cuando la gente no tiene el mismo sentido del humor? No reaccionan adecuadamente entre sí. Es lo que acaba de ocurrirme con el camarero de este Café Tabac de la plaza de Saint-Sulpice, café Perec para algunos. Decía Wittgenstein que, cuando la gente no comparte el mismo humor, es como si entre ciertos individuos existiese la costumbre de que una persona arrojara un balón a otra, y se estableciera que la otra persona tenía que atraparlo y devolverlo, y que algunas, en lugar de devolverlo, se lo metieran en el bolsillo. Decido olvidarme del camarero de humor distinto y miro hacia la iglesia de Saint-Sulpice. Estoy en el mismo lugar de observación desde el que Georges Perec, en los años setenta, se dedicaba a catalogar esta plaza y anotar de ella muy especialmente “lo que generalmente no se anota, lo que se nota, lo que no tiene importancia, lo que pasa cuando no pasa nada, salvo tiempo, gente, autos y nubes”. Aquí escribió Tentativa de agotar un lugar parisino, un libro que consistía en una meticulosa larga lista de lo que había visto en la plaza a lo largo de varios días diferentes. En su momento lo leí con infinita diversión. Allí había anotado Perec todo lo que pasaba cuando no pasaba nada y había excluido de su lista sólo lo que pudiera resultar demasiado trascendente, y sobre todo lo que ya estaba “suficientemente catalogado, inventariado, fotografiado, contado o enumerado”.

Apuro mi café y tengo un recuerdo para El salto en paracaídas, un breve texto genial, incluido en Nací. Cuando aún era un tierno principiante, hacia 1959, al final de una reunión del grupo de la revista Arguments, Perec pidió la palabra, y su intervención tuvo alguien la ocurrencia de grabarla. Feliz ocurrencia. Perec contó de forma tan inspirada como tartamuda una experiencia muy personal (“la cuento porque estoy un poco… porque he bebido un poco”), una aventura de su breve paso por el paracaidismo y la historia de cómo llegó a comprender que, en la literatura y en la vida, era absolutamente necesario lanzarse, tirarse al vacío, “para persuadirse de que eso podría quizá tener un sentido que incluso uno mismo ignorase”.

Entre los libros de primera hora que me cambiaron la vida, estuvieron siempre los de Perec, libros que recuerdo haber leído fascinado, devolviéndole al autor, página a página, cada uno de los eufóricos balones que lanzaba. Desde el primer momento, vi que Perec era inseparable de Roussel y de Kafka, precisamente los otros dos escritores que entonces más me interesaban, pues me habían demostrado que en novela era posible hacer cosas muy distintas de las que se predicaban en mi tierra. En aquellos días, por lo que fuera, todo a veces se producía de la forma más sencilla. Y así Kafka, Roussel y Perec llegaron a mí con la máxima naturalidad, casi juntos, y después lo hicieron libros también decisivos como el ensayo novelado Maupassant y “el otro”, donde Alberto Savinio, con el pretexto de hablar de Maupassant, acababa hablando de todo, y para eso le bastaba con asociar cualquier idea con el dichoso tema central, en realidad ausente. O libros como El mito trágico del “Ángelus” de Millet, de Salvador Dalí, cuyo atractivo método de trabajo, alejado de todos los dogmas sobre la novela, se basaba también en asociaciones de ideas, asociaciones que se desplegaban en un tapiz que, al dispararse en todas los itinerarios posibles, acababa por convertirse en inagotable.

Pasa un autobús de la línea 63, y lo anoto -como todo- meticulosamente. Pasa luego uno de la línea 96, que va a Montparnasse. Frío seco, cielo gris. Pasa una mujer elegante llevando tallos en alto, un gran ramo de flores. El 96 es el mismo autobús que Perec atrapara en sus apuntes, y el mismo que luego me trasladará a mi hotel aquí en París, el Littré. Un rayo de sol. Viento. Un mehari verde. Lejano vuelo de palomas. Instantes de vacío. Ningún coche. Después cinco. Después uno. “La trama es una vulgaridad burguesa”. Le adjudico la frase a Nabokov. “El estilo avanza dando triunfales zancadas, la trama camina detrás arrastrando los pies”, recuerdo que respondió John Banville en una entrevista.

Es posible que estas dos citas sean como lanzar un balón que no van a devolvernos nunca todos aquellos que tienen todavía el humor de situar a la trama decimonónica en un pedestal absoluto. La novela del futuro verá esa trama como una simpleza que hizo furor en cierta época y se reirá de un tópico que me machacó durante mi primera juventud, esa idea de que la novela -“como bien saben en el mundo anglosajón”- ha de privilegiar siempre la trama. Hoy me alegro de haber visto pronto que aquella idea británica sobre la novela, como sucedía con tantas otras, no tenía porque considerarla una regla inamovible. Me moría de risa el día en que le escuché a Kart Vonnegut decir que las tramas en realidad eran sólo unas cuantas y no era necesario darles demasiada importancia, bastaba con incorporar –casi al azar- una cualquiera de ellas al libro que estuviéramos escribiendo y de esta forma disponer de más tiempo para la forja de lo que realmente habría de importarnos: el estilo.

¿Y cuáles eran esas tramas? Vonnegut se las sabía de memoria, tenía una lista muy perecquiana: “Alguien se mete en un lío y luego se sale de él; alguien pierde algo y lo recupera; alguien es víctima de una injusticia y se venga; el caso conmovedor de Cenicienta; alguien empieza a ir cuesta abajo y así continúa; dos se enamoran, y mucha otra gente se entromete; una persona virtuosa es acusada falsamente de haber pecado o de haber cometido un crimen; una persona se enfrenta a un desafío con valentía, y tiene éxito o fracasa; alguien inicia una investigación para conocer la verdad de un asunto…”.

¿Y qué sucede cuando no ocurre nada? Que termina uno a veces por acordarse de los orígenes de su fascinación por las tramas no convencionales y recuerda cuando descubrió que se podían construir libros libres, de estructuras inéditas, con asociaciones y cavilaciones en torno a centros ausentes… Son las doce y doce de la mañana. Pasa un camión Printemps Brumell. Viento. Pienso en métodos construidos con hiperasociaciones de ideas que -como en libros de Savinio o Dalí- no agotan nunca el tema en estudio y observación. Sin duda, una obra maestra absoluta de ese nuevo género fue la hipernovela La vida instrucciones de uso, donde se daban cita todas las tramas de Vonnegut, que de paso eran dinamitadas, en una operación parecida a la de Flaubert cuando en Madame Bovary acabó con el realismo a base de llevarlo hasta su extremo máximo y ser el más realista de todos. Pienso en los veintinueve años y once meses que se cumplen desde que apareciera La vida instrucciones de uso, un libro al que Italo Calvino, por variadas razones -“el compendio de una serie de saberes que dan forma a una imagen del mundo, el sentido del hoy que está también hecho de acumulación del pasado y de vértigo del vacío”- consideraba como el último verdadero acontecimiento en la historia de la novela: puzzle en el que el propio puzzle da al libro el tema de la trama y el modelo formal, y donde el proyecto estructural y la poesía más alta conviven con asombrosa naturalidad.

De hecho, durante un largo tiempo La vida instrucciones de uso fue para muchos, en efecto, el último verdadero acontecimiento de la novela moderna. Después, vendría un gran libro de Roberto Bolaño, Los detectives salvajes, que recogía con extraordinaria osadía y talento el guante lanzado por Perec. Día de cielo gris, frío seco. Viento. Pasa un señor con aspecto de secretario “provisionalmente definitivo” de alguna sociedad secreta de inventores de aforismos. Parece salido de una de las páginas más divertidas de Pensar / Clasificar. Podría llamarse perfectamente Bénabou. Pasa otro autobús de la línea 63. Pasa el 96. Lasitud de los ojos. Risas sofocadas. Distintos humores. Voy anotando. Alguien mueve un visillo. Tañidos de la campana de Saint-Sulpice. Se acumula el pasado y al mismo tiempo el vértigo de un vacío, lo que también anoto debidamente.

Enrique Vila-Matas

LAS ALMOHADAS DESNUDAS

Posted in General, Narraciones que me gustan on 30 diciembre 2010 by cuestiondeego

 

Las chicas cruzaban la ciudad todos los lunes para venir a vernos. Les daba igual que el calor fuera asfixiante, que las calles ardieran como bosques en guerra, que no hubiera quién respirara el aire quemado por el sol. Ellas venían todos los lunes, ataviadas con sus ropas de domingo, con vestidos ligeros, aéreos, un rato después de que llegara el cartero con la baliza militar. Las pobres no sabían leer. No entendían ni una palabra de las cartas que sus novios les escribían desde el frente. Y abandonaban sus dulces hogares de la colina con la esperanza de que nosotros las ayudáramos. Sus madres las prevenían, ¡Mucho cuidado con los artistas!, ¡no son trigo limpio! Pero ellas o eran valientes o unas auténticas descabezadas, y venían decididas a nuestras pobretonas embarcaciones del puerto, donde fingíamos estar concentrados, abstraídos en el lento ascenso a las esferas luminiscentes de las ideas. Pura pose. En realidad lo que hacíamos era dormitar, broncearnos, vaguear, y de cuando en cuando, mirar con el rabo del ojo cómo brillaban sobre el lomo del mar los peces plateados de la mañana. En resumen, perdíamos el tiempo, nuestro valioso tiempo, sin reparar en todo lo que arrebatábamos a la posteridad, en todo lo que perdía la Literatura Universal con cada página que no escribíamos. Languidecíamos, sudábamos, pasábamos del mundo. Y la visita de las chicas acontecía como una fiesta patronal. Sacábamos de las bodegas agua de Perito Moreno, tequila La Mordida, sal, limones y bloques de hielo. Las invitábamos a brindar. Nosotros conjurábamos a las musas, ellas, al santo patrón de los soldados que morirán vírgenes. Y luego nos pedían que nos pusiéramos manos a la obra. Buscaban en sus escotes los sobres manoseados. Los abrían con ternura y con torpeza. Sacaban el contenido y nos lo daban. Nosotros pasábamos la vista por encima, un poco sorprendidos por la caligrafía de parvulario, pero enseguida nos espantábamos con el contenido. ¡Menudo despropósito! Todo en la vida se puede perdonar a un hombre excepto que no sepa expresar su amor por una mujer. Si de nosotros hubiera dependido, habríamos montado un consejo de guerra a esa pandilla de paletos. ¡Todos fusilados sin más! Y las bobas nos miraban a la espera. ¿Cómo íbamos a leerles aquello? No podíamos repetir en voz alta esa lista de tristezas. No a las diosas bípedas y pluscuamperfectas y del pueblucho. Ellas no merecían oír cómo sus hombres padecían hambre, cómo añoraban sus muslos blancuzcos, cómo rabiaban por oler de nuevo sus pelos sucios. Ellas merecían auténtica poesía, canción de tripas, que se dice. Todas las princesas que orillaran en nuestro corazón tenían ganado un poema al menos, y éstas más, con su belleza desbordada de ingenuidad, bonachonas y concupiscentes, éstas que estaban condenadas a no conocer más mundo que el que trajeran en la boca sus novios estúpidos. Nos daban lástima, sí, las tontitas. Así que adornábamos las cosas. Componíamos. Y qué versos: parecían metales ardiendo al contacto con la saliva. Nos burbujeaban en la garganta. Ellas entornaban la mirada, enamoradas perdidas. Segregaban un lagrimeo exagerado, bien cargado de autocompasión. Y nosotros nos crecíamos. Componíamos poemas más largos, improvisábamos sonetos envenenados, furibundos como amantes desahuciados, palabras que conspiraban con palabras para que abandonaran sus crisálidas las mariposas del pecho. Y las chicas seguían llorando y bebiendo tequila El Mariachi bajo el sol enquistado en el cenit del cielo. ¡Parecían plañideras fuera de sí! Todas las veces teníamos la esperanza de poder follarlas ahí mismo, borrachas como estaban. Pero enseguida se quedaban dormidas en nuestros brazos, o a nuestros pies, o cómodamente en las hamacas de la cubierta, con la respiración profunda acompasada al lento mecer de nuestras embarcaciones. Caían en sueños lentos como caramelo fundido, y de vez en cuando hablaban, pronunciaban palabras sueltas casi siempre, retales del sueño, sinsentidos, sonidos encriptados, cifraturas irresolubles. Y nosotros las mirábamos un poco decepcionados. Encendíamos cigarros Romeo nº 2, y los fumábamos con una última copa de Tequila Rio Seco, y repetíamos de memoria aquellos versos inspirados en la misma nada de nuestro vacío, que era una nada llena de tratos inútiles, de desamores, y lentos camiones de mudanzas, y barba de varios días, y contrariedades, despedidas y ojeras, y techos deshilachados que no llegamos nunca a tocar. Eran versos para las monas de aquel pueblo de la costa, pero en realidad eran jirones de nuestra propia música. Nos dejaban más melancólicos que el otoño en un carrusel. Nos horadaban. Nos hacían mierda. Nos pasaban por su pasapuré. Y cuando daban las tantas aún seguíamos deambulando por el desasosiego, hasta que alguien sacaba plumas y papeles y los repartía, y escribíamos. ¿Para qué? ¿Con qué sentido? ¿Para hundir más la rueda en el cieno? Eran preguntas inevitables, aunque no servían de nada. Una estampida de versos nos abandonaba. Nos apuñalaba la sangre, ¡nuestra propia sangre coagulada en cristales! Las palabras lo llenaban todo. Rodaban de proa a popa, se quedaban enredadas de los cabrestantes, se pegaban como lapas a la quilla, se hacían fuertes en el puente de mando. Las bellas lo ignoraban todo y seguían dormidas. De cuando en cuando, una palabra se les trenzaba en el pelo, se les colaba nariz adentro, pero luego la suspiraban y ahí quedaba todo. Hasta en las cartas de los soldados se pegaban, más elegantes, con caligrafía bonita, y cadencia y metáfora. Había que resignarse, escribir era inevitable. Y duro, y dramático, y lleno de recovecos oscuros donde habitan bestias que uno nunca debería ver. Lo de la escritura era una desgracia como otra cualquiera. Iba con uno. No convenía planteárselo. Si nacías con esa tara, te podías dar por jodido. Lo único que cabía era buscarle un sentido, un motivo. En definitiva, un destinatario. Y el primero de nosotros en hacerlo fue Louis Ferdinand. A la bella Molly, a la hermosa Lucette, le escribió infatigable hasta quedarse sin aliento. De las yemas de los dedos se le desprendían letras melancólicas, hormigas, migas negras caídas de la belleza que guardaba de ella, tanta como para veinte años, decía. “Tan viva, tan cálida, que aún me queda para los dos y para por lo menos veinte años, el tiempo de llegar al fin”. Y eran palabras que bien se las hubiera podido escribir otro a Beatrice, a Isabel, a la misma Nicola Six, Anne Hall, Remedios la bella, Jan Gabrial, Oja Kodar, o también Raquel Sánchez, claro, por quien nunca nadie se cortó un lóbulo, pero en quien pensábamos a menudo, con la misma tristeza desquiciada y salvaje que invadía como gorriones las copas de los árboles, hacía funcionar los semáforos de las calles vacías, o dejaba en el cielo del paladar el sabor blanquecino de la nieve que caía a lo lejos, muchos kilómetros al norte. Estaba claro que éramos una pandilla de tristes, de desgraciados. Que habíamos fracasado en todo. Que nuestras vidas daban pena. Y que aun así, nada era para tanto, nada había sido tan malo. Teníamos algo que dignificaba todas nuestras miserias. “He defendido mi alma hasta ahora, y Molly me regaló tanto cariño y ensueño en aquellos meses de América, que, si viniera mañana la muerte a buscarme, nunca llegaría a estar, estoy seguro, tan frío, ruin y grosero como los otros.” La memoria era una trampa para morosos. Las princesas se despertaban casi al anochecer. Les dolía la cabeza del alcohol y el cuello de la postura. Les dolía la garganta también de la fruición de las palabras. Tenían los labios enrojecidos por viento caliente cargado de salitre. Las noches tenían los techos bajos. Las estrellas nos rondaban la cabeza como insectos radioactivos. Ellas se guardaban en el escote las cartas y volvían caminando a sus casas. Sus madres las esperaban preocupadas. No se fiaban ni un pelo de nosotros. Y no les faltaba razón. Éramos unos tíos de lo más extraño. A miles de kilómetros todos los jóvenes del país andaban mordiendo el polvo de las trincheras. ¡Jugándose el gaznate a la lotería de la patria! Muchos de ellos no regresarían nunca. Sus pobres novias lo sospechaban. Incluso alguna lo deseaba. O eso nos gustaba creer, como si hubiéramos entendido que sus palabras dormidas nos hablaban de un sueño tan hermoso y profundo que solo se puede evocar en secreto. A espaldas incluso de uno mismo.

Nacho Abad

PD:  este texto lo he sacado de la web de Enrique Vila-Matas.  Me encanta.

JOSÉ ÁNGEL BARRUECO

Posted in Amigos, Homenajes on 29 diciembre 2010 by cuestiondeego

José Ángel Barrueco

(Zamora, 1972). Ha publicado los libros “Recuerdos de un cine de barrio”, “Monólogo de un canalla”, “Vengo de matar a un hombre”, “El hilo de la ficción”, “No hay camino al paraíso” y “Para esas noches de insomnio”. En 2011 publicará las novelas “Asco” y “Vivir y morir en Lavapiés”. Su obra aparece en diversas antologías. Colabora en prensa como columnista de opinión. Vive en Madrid.

PD: Voy ha hacer desde aquí una serie de homenajes de escritores, poetas, pintores o músicos que me fascinan. Nunca se lo habré dicho pero el blog de Barrueco es para mí de lo mejorcito que hay en la red. Ahora que, parafraseando a Ray Loriga, está soportando unos días tan extraños, creo que se merece este abrazo virtual. Un abrazo gordo amigo. Te admiro.

Aquí os pongo una muestra de su talento:

EL VERANO (2004)

Esa chica rubia que miro todos los veranos en la piscina de mi pueblo es el verano en carne y melena, con sus tempestades en las pestañas, el sol de los cabellos, su escote moreno anunciando playas de paraíso, el rumor acuático de su risa. Lleva quince años en la mirada, dos menos que yo.
La observo sin atreverme a cercarla de palabras, y voy postergando el momento un año tras otro hasta que descubro la barriga que me crece, el pelo que deserta de mi cabeza, mi mujer que me mira celosa, los hijos que me han salido alrededor sin darme cuenta, y las obligaciones, y el coche a pagar en cómodos plazos, y cuando septiembre se anuncia en el aire y recogemos los bártulos hasta otro año, sólo pienso en regresar y ahogarme donde cubre, delante de la chica rubia, para que ella, mi verano eterno, sea al menos consciente de que existo y soy su invierno, y que no podremos amarnos.

(Cuento hiperbreve de El hilo de la ficción, Salamanca, Editorial Celya, 2004).

SOMEWHERE OVER THE RAINBOW

Posted in Música que me gusta, Momentos que me ponen los pelos de punta on 28 diciembre 2010 by cuestiondeego

PD:  Esta joya de película ha sido uno de los regalos de mi chica, amiga, pareja compañera.  Te amo mucho Vane.

DÍAS DE MISERIA

Posted in Poemas que me gustan on 27 diciembre 2010 by cuestiondeego

la primera vez que se fueron de casa
se marcharon con lo puesto: algo de ropa,
útiles de aseo, poco más, con la urgencia de quien huye de noche

los primeros días vivieron en casa de unos tíos
los primos con los primos, compartiendo camas individuales,
y la madre y la hermana en un sofá, donde estaba la televisión

luego les prestaron el piso inferior del hogar de los abuelos
habitaciones en hilera, comunicadas entre sí, sin ventanas
una hura en penumbra que daba a un patio próximo al río

en los duros días de invierno utilizaron una pequeña estufa
que sólo calentaba el cuarto principal
dormían con tres o cuatro mantas en cada lecho

al desnudarse por las noches, el vaho salía de sus bocas
y, por las mañanas, la ropa estaba tiesa, húmeda y helada
siempre tenían los pies fríos, las manos gélidas, el corazón blando

los almuerzos eran propios de quien no tiene mucho dinero:
una dieta de legumbres, arroz cocido y macarrones con tomate
y veían una tele diminuta y en blanco y negro, comidos de tristeza

cuando los hermanos llegaban de madrugada, borrachos de sábado,
atravesaban los cuartos en silencio y la madera crujía bajo las suelas,
y se desnudaban temblando menos, porque el alcohol mitigaba el hielo

durante el curso el hijo mayor viajaba a otra provincia, a la universidad
volvía los fines de semana, a pasar hambre y helarse, y apenas subsistía
en su piso de estudiantes con una beca y los préstamos de su abuelo

durante el verano se iba a estudiar a la calle
porque en la hura le faltaba la luz natural,
la luz del sol que todo lo bendice

al huir de casa se llevaron al perro y a los gatos
el perro quedó dentro, los gatos vivieron fuera, en el patio
de la carpintería del abuelo, y una noche invernal alguien mató al macho

el cadáver frígido y duro lo había encontrado su madre en un contenedor,
el hermano mayor lo enterró con sus propias manos en la orilla del duero
con lágrimas en los ojos, con furia en los labios, con el alma descuartizada

fueron días de miseria y de hambre
días de dolor y desesperanza.

José Angel Barrueco, No hay camino al paraíso

ENLACES

Posted in Amigos, Recomendaciones on 26 diciembre 2010 by cuestiondeego

Dos asientos por delante de mí hay una mujer con un vestido corto, un zapato añil de tacón alto, un bálsamo denso, un cutis perfecto, unas manos prefabricadas con manicura, el cabello largo y rizado, y los pechos compatibles con la ley de la gravedad; el autobús está casi vacío, oigo arrancar otros coches, y el hechizo de su perfume me hace ser un aficionado. Menos mal que llevo en edición de bolsillo la declaración de los derechos humanos, que en su artículo cinco expone: nadie será sometido a tortura ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes. (Proclamado el 10 de diciembre de 1948). El autobús arranca y yo me quedo despoblado. Le hubiera dado mi nombre, y mi dirección, para que mutilara cualquiera de mis miembros internos. El propio corazón con la fecha de caducidad que lleva dentro.  Una figuración, de un vendedor de quimeras en una ex-fábrica de sueños.

Enlaces.  Pedro Serrano.  Colección Poéticas.  Legados ediciones.

PD:  Este es uno de los poemas que contiene el libro Enlaces del poeta Pedro Serrano.  Libro muy recomendable.  Si queréis hacer con un ejemplar lo podéis comprar aquí.

SINCERAMENTE

Posted in Poemas que me gustan on 25 diciembre 2010 by cuestiondeego

La noche puebla las chimeneas
detrás de los muros.
Los pájaros que crié en tu nombre
han ido muriendo.
Llega el invierno,
pero he tenido que rasgar el yeso,
con mis uñas cortas,
para esparcir nieve
sobre muñecas prestadas
esta tarde,
cada tarde,
mientras les cuento la historia de los buenos amigos
que cruzan los dedos tras la espalda.

De “Los pájaros de crié en tu nombre”, Annabel Martínez Zamora Prensas Universitarias de Zaragoza, 2009.