JUAN JOSÉ MILLÁS

 

Juan José Millás afirma que su afición a la literatura nació cuando una tarde de la infancia leyó el artículo “Muerte” de la enciclopedia Espasa. Estudió la carrera de Filosofía y Letras en Madrid, que no terminó, alternando los estudios con diversos trabajos. Influido por Dostoyevski y Kafka en sus inicios, casado con una psicoanalista, sus novelas combinan un gélido planteamiento del paisaje urbano como territorio semifantástico con una angustiosa visión del ser humano, en tanto que sometido a fuerzas y casualidades que constantemente le desbordan.

Creo que es uno de los grandes de este país.  Su fina ironía hace las delicias de muchos.

Aquí dejo una muestra de su buen hacer:

Mi tío

 Tuve un tío carnal, y perdonen la redundancia (no he conocido a ninguno que no sea de carne), que vendía cepillos de dientes, lo que se consideraba una actividad de mucho futuro hace años, cuando apenas el 8% de la población se ocupaba de la higiene bucal. Mi familia siempre ha trabajado en actividades con mucho futuro, aunque escaso presente: somos muy pioneros. De hecho, una vez que los cepillos de dientes comenzaron a ser un negocio de verdad mi tío carnal se dedicó a la venta de desodorantes, pese a que ni siquiera se había inventado la axila, que sustituyó, si ustedes recuerdan, al sobaco.

Un día le oí hablar a mi madre de mi tío, que era su hermano, y dijo que le daban ganas de llorar cuando se lo imaginaba en los hoteles o en las pensiones, por la noche, lavándose los calcetines, porque mi tío, pese a vender higiene bucal, se lavaba los calcetines más que los dientes, y luego los tendía en la barra de la cortinilla de la bañera. Se me quedó grabada aquella imagen de los calcetines colgados de la barra en la que, con los años, acabó concentrándose toda la tristeza que era capaz de segregar la realidad de este perro mundo. El calcetín es una prenda blanda, rara, sospechosa, pero, sobre todo, es una prenda atribulada.

Hace poco, en un hotel, me puse a lavar los calcetines negros, negros, negros (y perdonen la redundancia, pues no los conozco de otro color), cuando de súbito levanté la mirada hacia el espejo y en lugar de encontrarme conmigo me encontré con mi tío, el pionero. Si mi madre levantara la cabeza, pensé, y viera a su hijo en este trance se volvía a morir, la pobre, del disgusto. De hecho, casi me muero yo. Así que abandoné los calcetines a un lado del lavabo, sin aclararlos, y me metí en la cama a punto de llorar. Dios mío, qué solo me sentí aquella noche. Aunque lo peor fue al día siguiente, cuando los tuve que guardar mojados en la maleta, junto a una novela policíaca que había cogido para el viaje. Podía haberlos abandonado en el hotel, pero pensé que eso habría sido tanto como dejar tirado en la cuneta a mi tío carnal, el redundante. Qué complicados somos.

 Texto perteneciente a los Articuentos que Juan José Millás Publica en su blog.

 

 

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