DIARIO DE UNA ENFERMERA

 

Muerte de un niño

(5 de enero de 1994)

Es misterioso ver morir a un niño enfermo.

(La piedad no existe para quien observa la belleza).

Su corazón continúa deslumbrando la cama. Durante el dulce

ejercicio del pecho desnudo, la boca contiene una profunda

sombra que alienta todavía.

No pesa nada un niño cuando se está muriendo. Es una leve

pluma que va cayendo a un patio y, cono cae la nieve, se

aposenta en la noche.

¡Oh pequeño empujado! ¡Rey deshaciéndose, valientemente

serio!

Tus lívidos temblores aún están recibiendo las palabras queri­das.

Tus dedos casi azules quieren tocar el aire.

Por obra de la luna un almendro florece.

Al lado de la cama ya hay vibración de hierba.

El polvo de la muerte te ha cambiado los ojos y caes, sin movi­miento, al último latido.

(La piedad no existe para quien estudia la belleza).

 

Diario de una enfermera.  Isla Correyero. Madrid, Huerga & Fierro, 1996

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