Archive for the Homenajes Category

JUAN JOSÉ MILLÁS

Posted in General, Homenajes on 4 enero 2011 by cuestiondeego

 

Juan José Millás afirma que su afición a la literatura nació cuando una tarde de la infancia leyó el artículo “Muerte” de la enciclopedia Espasa. Estudió la carrera de Filosofía y Letras en Madrid, que no terminó, alternando los estudios con diversos trabajos. Influido por Dostoyevski y Kafka en sus inicios, casado con una psicoanalista, sus novelas combinan un gélido planteamiento del paisaje urbano como territorio semifantástico con una angustiosa visión del ser humano, en tanto que sometido a fuerzas y casualidades que constantemente le desbordan.

Creo que es uno de los grandes de este país.  Su fina ironía hace las delicias de muchos.

Aquí dejo una muestra de su buen hacer:

Mi tío

 Tuve un tío carnal, y perdonen la redundancia (no he conocido a ninguno que no sea de carne), que vendía cepillos de dientes, lo que se consideraba una actividad de mucho futuro hace años, cuando apenas el 8% de la población se ocupaba de la higiene bucal. Mi familia siempre ha trabajado en actividades con mucho futuro, aunque escaso presente: somos muy pioneros. De hecho, una vez que los cepillos de dientes comenzaron a ser un negocio de verdad mi tío carnal se dedicó a la venta de desodorantes, pese a que ni siquiera se había inventado la axila, que sustituyó, si ustedes recuerdan, al sobaco.

Un día le oí hablar a mi madre de mi tío, que era su hermano, y dijo que le daban ganas de llorar cuando se lo imaginaba en los hoteles o en las pensiones, por la noche, lavándose los calcetines, porque mi tío, pese a vender higiene bucal, se lavaba los calcetines más que los dientes, y luego los tendía en la barra de la cortinilla de la bañera. Se me quedó grabada aquella imagen de los calcetines colgados de la barra en la que, con los años, acabó concentrándose toda la tristeza que era capaz de segregar la realidad de este perro mundo. El calcetín es una prenda blanda, rara, sospechosa, pero, sobre todo, es una prenda atribulada.

Hace poco, en un hotel, me puse a lavar los calcetines negros, negros, negros (y perdonen la redundancia, pues no los conozco de otro color), cuando de súbito levanté la mirada hacia el espejo y en lugar de encontrarme conmigo me encontré con mi tío, el pionero. Si mi madre levantara la cabeza, pensé, y viera a su hijo en este trance se volvía a morir, la pobre, del disgusto. De hecho, casi me muero yo. Así que abandoné los calcetines a un lado del lavabo, sin aclararlos, y me metí en la cama a punto de llorar. Dios mío, qué solo me sentí aquella noche. Aunque lo peor fue al día siguiente, cuando los tuve que guardar mojados en la maleta, junto a una novela policíaca que había cogido para el viaje. Podía haberlos abandonado en el hotel, pero pensé que eso habría sido tanto como dejar tirado en la cuneta a mi tío carnal, el redundante. Qué complicados somos.

 Texto perteneciente a los Articuentos que Juan José Millás Publica en su blog.

 

 

ENRIQUE VILA-MATAS

Posted in Homenajes on 31 diciembre 2010 by cuestiondeego

 

BIOGRAFÍA

Enrique Vila-Matas nació en Barcelona en 1948. En el 68 se fue a vivir a París, autoexiliado del gobierno de Franco y buscando mayor libertad creativa. El apartamento donde se instaló se lo alquiló la escritora Marguerite Duras. Durante estos años subsistió realizando pequeños trabajos como periodista para la revista “Fotogramas”, e incluso colaboró como figurante en una película de James Bond.
Se hizo escritor tratando de imitar a otro autor, que consideraba raro “del que no había leído una sola línea pero del que conocía en detalle todas sus rarezas, el polaco Witold Gombrowicz”. Cuando finalmente leyó a Gombrowicz “pude advertir que no me parecía en nada a él, y descubrí de paso que había desarrollado una voz propia y singular”.
Vila-Matas publicó su primer libro: “La asesina ilustrada” en 1977, desde entonces no ha dejado de escribir quizás porque, según ha dicho él mismo, “escribir es corregir la vida, es la única cosa que nos protege de las heridas y los golpes que da la vida.”
Con la publicación de su “Historia abreviada de la literatura portátil” comenzó a ser reconocido y admirado en el ámbito internacional, especialmente en los países latinoamericanos y en Portugal.
Sus obras son mezcla de ensayo, crónica periodística y novela. Su literatura, fragmentaria e irónica, diluye los límites de la ficción y la realidad.
Rodrigo Fresán escribió que “una forma más tonta que extraña de definir a Vila-Matas sería afirmar que se trata del más argentino de los escritores españoles. Después de todo, allí están la manía referencial y el siempre dúctil aparato enciclopédico, el humor en serio, los juegos metaficcionales donde el autor es siempre protagonista, las apelaciones cómplices a su lector, y el tránsito cosmopolita, constante y sin compromiso, por las bibliotecas y las ciudades”.
Ha desarrollado una amplia obra narrativa que se inicia en 1973 y que hasta la fecha ha sido traducida a nueve idiomas. Actualmente es uno de los narradores españoles más elogiados por la crítica nacional e internacional, aunque los premios y el reconocimiento en España le han llegado tardíamente.
 
 
Adoro a este escritor.  Para mí es uno de los grandes. Quizás el más grande.  Tiene la suerte de ser amigo de otro escritor que admiro.  Paul Auster.  Aquí mi homenaje.  Como diría Trueba “Yo no creo en Dios, creo en Vila-Matas”.  Os enlazo su blog.

 Aquí os pongo una muestra de su talento:

 

 

Café Perec.

Texto leído en la Cátedra Anagrama
de la Universidad de Monterrey
México, 1 de agosto de 2008

¿Qué sucede cuando la gente no tiene el mismo sentido del humor? No reaccionan adecuadamente entre sí. Es lo que acaba de ocurrirme con el camarero de este Café Tabac de la plaza de Saint-Sulpice, café Perec para algunos. Decía Wittgenstein que, cuando la gente no comparte el mismo humor, es como si entre ciertos individuos existiese la costumbre de que una persona arrojara un balón a otra, y se estableciera que la otra persona tenía que atraparlo y devolverlo, y que algunas, en lugar de devolverlo, se lo metieran en el bolsillo. Decido olvidarme del camarero de humor distinto y miro hacia la iglesia de Saint-Sulpice. Estoy en el mismo lugar de observación desde el que Georges Perec, en los años setenta, se dedicaba a catalogar esta plaza y anotar de ella muy especialmente “lo que generalmente no se anota, lo que se nota, lo que no tiene importancia, lo que pasa cuando no pasa nada, salvo tiempo, gente, autos y nubes”. Aquí escribió Tentativa de agotar un lugar parisino, un libro que consistía en una meticulosa larga lista de lo que había visto en la plaza a lo largo de varios días diferentes. En su momento lo leí con infinita diversión. Allí había anotado Perec todo lo que pasaba cuando no pasaba nada y había excluido de su lista sólo lo que pudiera resultar demasiado trascendente, y sobre todo lo que ya estaba “suficientemente catalogado, inventariado, fotografiado, contado o enumerado”.

Apuro mi café y tengo un recuerdo para El salto en paracaídas, un breve texto genial, incluido en Nací. Cuando aún era un tierno principiante, hacia 1959, al final de una reunión del grupo de la revista Arguments, Perec pidió la palabra, y su intervención tuvo alguien la ocurrencia de grabarla. Feliz ocurrencia. Perec contó de forma tan inspirada como tartamuda una experiencia muy personal (“la cuento porque estoy un poco… porque he bebido un poco”), una aventura de su breve paso por el paracaidismo y la historia de cómo llegó a comprender que, en la literatura y en la vida, era absolutamente necesario lanzarse, tirarse al vacío, “para persuadirse de que eso podría quizá tener un sentido que incluso uno mismo ignorase”.

Entre los libros de primera hora que me cambiaron la vida, estuvieron siempre los de Perec, libros que recuerdo haber leído fascinado, devolviéndole al autor, página a página, cada uno de los eufóricos balones que lanzaba. Desde el primer momento, vi que Perec era inseparable de Roussel y de Kafka, precisamente los otros dos escritores que entonces más me interesaban, pues me habían demostrado que en novela era posible hacer cosas muy distintas de las que se predicaban en mi tierra. En aquellos días, por lo que fuera, todo a veces se producía de la forma más sencilla. Y así Kafka, Roussel y Perec llegaron a mí con la máxima naturalidad, casi juntos, y después lo hicieron libros también decisivos como el ensayo novelado Maupassant y “el otro”, donde Alberto Savinio, con el pretexto de hablar de Maupassant, acababa hablando de todo, y para eso le bastaba con asociar cualquier idea con el dichoso tema central, en realidad ausente. O libros como El mito trágico del “Ángelus” de Millet, de Salvador Dalí, cuyo atractivo método de trabajo, alejado de todos los dogmas sobre la novela, se basaba también en asociaciones de ideas, asociaciones que se desplegaban en un tapiz que, al dispararse en todas los itinerarios posibles, acababa por convertirse en inagotable.

Pasa un autobús de la línea 63, y lo anoto -como todo- meticulosamente. Pasa luego uno de la línea 96, que va a Montparnasse. Frío seco, cielo gris. Pasa una mujer elegante llevando tallos en alto, un gran ramo de flores. El 96 es el mismo autobús que Perec atrapara en sus apuntes, y el mismo que luego me trasladará a mi hotel aquí en París, el Littré. Un rayo de sol. Viento. Un mehari verde. Lejano vuelo de palomas. Instantes de vacío. Ningún coche. Después cinco. Después uno. “La trama es una vulgaridad burguesa”. Le adjudico la frase a Nabokov. “El estilo avanza dando triunfales zancadas, la trama camina detrás arrastrando los pies”, recuerdo que respondió John Banville en una entrevista.

Es posible que estas dos citas sean como lanzar un balón que no van a devolvernos nunca todos aquellos que tienen todavía el humor de situar a la trama decimonónica en un pedestal absoluto. La novela del futuro verá esa trama como una simpleza que hizo furor en cierta época y se reirá de un tópico que me machacó durante mi primera juventud, esa idea de que la novela -“como bien saben en el mundo anglosajón”- ha de privilegiar siempre la trama. Hoy me alegro de haber visto pronto que aquella idea británica sobre la novela, como sucedía con tantas otras, no tenía porque considerarla una regla inamovible. Me moría de risa el día en que le escuché a Kart Vonnegut decir que las tramas en realidad eran sólo unas cuantas y no era necesario darles demasiada importancia, bastaba con incorporar –casi al azar- una cualquiera de ellas al libro que estuviéramos escribiendo y de esta forma disponer de más tiempo para la forja de lo que realmente habría de importarnos: el estilo.

¿Y cuáles eran esas tramas? Vonnegut se las sabía de memoria, tenía una lista muy perecquiana: “Alguien se mete en un lío y luego se sale de él; alguien pierde algo y lo recupera; alguien es víctima de una injusticia y se venga; el caso conmovedor de Cenicienta; alguien empieza a ir cuesta abajo y así continúa; dos se enamoran, y mucha otra gente se entromete; una persona virtuosa es acusada falsamente de haber pecado o de haber cometido un crimen; una persona se enfrenta a un desafío con valentía, y tiene éxito o fracasa; alguien inicia una investigación para conocer la verdad de un asunto…”.

¿Y qué sucede cuando no ocurre nada? Que termina uno a veces por acordarse de los orígenes de su fascinación por las tramas no convencionales y recuerda cuando descubrió que se podían construir libros libres, de estructuras inéditas, con asociaciones y cavilaciones en torno a centros ausentes… Son las doce y doce de la mañana. Pasa un camión Printemps Brumell. Viento. Pienso en métodos construidos con hiperasociaciones de ideas que -como en libros de Savinio o Dalí- no agotan nunca el tema en estudio y observación. Sin duda, una obra maestra absoluta de ese nuevo género fue la hipernovela La vida instrucciones de uso, donde se daban cita todas las tramas de Vonnegut, que de paso eran dinamitadas, en una operación parecida a la de Flaubert cuando en Madame Bovary acabó con el realismo a base de llevarlo hasta su extremo máximo y ser el más realista de todos. Pienso en los veintinueve años y once meses que se cumplen desde que apareciera La vida instrucciones de uso, un libro al que Italo Calvino, por variadas razones -“el compendio de una serie de saberes que dan forma a una imagen del mundo, el sentido del hoy que está también hecho de acumulación del pasado y de vértigo del vacío”- consideraba como el último verdadero acontecimiento en la historia de la novela: puzzle en el que el propio puzzle da al libro el tema de la trama y el modelo formal, y donde el proyecto estructural y la poesía más alta conviven con asombrosa naturalidad.

De hecho, durante un largo tiempo La vida instrucciones de uso fue para muchos, en efecto, el último verdadero acontecimiento de la novela moderna. Después, vendría un gran libro de Roberto Bolaño, Los detectives salvajes, que recogía con extraordinaria osadía y talento el guante lanzado por Perec. Día de cielo gris, frío seco. Viento. Pasa un señor con aspecto de secretario “provisionalmente definitivo” de alguna sociedad secreta de inventores de aforismos. Parece salido de una de las páginas más divertidas de Pensar / Clasificar. Podría llamarse perfectamente Bénabou. Pasa otro autobús de la línea 63. Pasa el 96. Lasitud de los ojos. Risas sofocadas. Distintos humores. Voy anotando. Alguien mueve un visillo. Tañidos de la campana de Saint-Sulpice. Se acumula el pasado y al mismo tiempo el vértigo de un vacío, lo que también anoto debidamente.

Enrique Vila-Matas

JOSÉ ÁNGEL BARRUECO

Posted in Amigos, Homenajes on 29 diciembre 2010 by cuestiondeego

José Ángel Barrueco

(Zamora, 1972). Ha publicado los libros “Recuerdos de un cine de barrio”, “Monólogo de un canalla”, “Vengo de matar a un hombre”, “El hilo de la ficción”, “No hay camino al paraíso” y “Para esas noches de insomnio”. En 2011 publicará las novelas “Asco” y “Vivir y morir en Lavapiés”. Su obra aparece en diversas antologías. Colabora en prensa como columnista de opinión. Vive en Madrid.

PD: Voy ha hacer desde aquí una serie de homenajes de escritores, poetas, pintores o músicos que me fascinan. Nunca se lo habré dicho pero el blog de Barrueco es para mí de lo mejorcito que hay en la red. Ahora que, parafraseando a Ray Loriga, está soportando unos días tan extraños, creo que se merece este abrazo virtual. Un abrazo gordo amigo. Te admiro.

Aquí os pongo una muestra de su talento:

EL VERANO (2004)

Esa chica rubia que miro todos los veranos en la piscina de mi pueblo es el verano en carne y melena, con sus tempestades en las pestañas, el sol de los cabellos, su escote moreno anunciando playas de paraíso, el rumor acuático de su risa. Lleva quince años en la mirada, dos menos que yo.
La observo sin atreverme a cercarla de palabras, y voy postergando el momento un año tras otro hasta que descubro la barriga que me crece, el pelo que deserta de mi cabeza, mi mujer que me mira celosa, los hijos que me han salido alrededor sin darme cuenta, y las obligaciones, y el coche a pagar en cómodos plazos, y cuando septiembre se anuncia en el aire y recogemos los bártulos hasta otro año, sólo pienso en regresar y ahogarme donde cubre, delante de la chica rubia, para que ella, mi verano eterno, sea al menos consciente de que existo y soy su invierno, y que no podremos amarnos.

(Cuento hiperbreve de El hilo de la ficción, Salamanca, Editorial Celya, 2004).