Archive for the Narraciones que me gustan Category

EL FACEBOOK DE BYRON

Posted in Narraciones que me gustan on 17 febrero 2011 by cuestiondeego

En Coyoacán era tanta la calma que parecía que el cielo se hubiera juntado con la tierra, abatiendo el ruido con su peso. Caminaba pausadamente junto a Sergio Pitol y Juan Villoro y de pronto oímos la voz de un niño gritándole a otro a voz en cuello:

-¡Tengo 300 amigos!

El grito me llevó a recordar que Félix de Azúa había comentado, no hacía mucho, que la vida de las nuevas generaciones está apantallada. La mejor prueba de esto la ofrecía aquel niño, víctima indudable de las pantallas de Internet. Porque sin Facebook era difícil comprender que alguien pudiera llegar a creerse tan descomunal cantidad de amistades. Claro está que siempre nos quedará lord Byron. Acabo de leer la minúscula biografía (Nortesur) que le escribiera Giuseppe Tomasi di Lampedusa y en ese pequeño gran libro hay dos evidencias. Una es la de que el poeta Byron tenía muchos amigos, 300 como mínimo. Y la otra, el gran sentido del humor del que está dotado su biógrafo, como lo prueban las líneas en las que se nos cuenta que una mañana, cuando se disponía a viajar para ir a verla, Byron recibió la noticia de que su madre había muerto. No estaba enferma, solo demasiado gruesa y un poco asmática. Poseía un osezno al que quería mucho y que tenía en su salón. “Ese osezno enfermó y murió: la buena señora se sintió desesperada, pero, por la tarde, cuando empezaba a recobrarse, le llegó la cuenta del tapicero. Se enfadó tanto que le dio un ataque de apoplejía y, al llegar la noche, ya estaba muerta. Byron llegó a tiempo solo para las exequias de su madre y del oso, que se celebraron conjuntamente”.

Precisamente Azúa, a propósito de este Byron de Lampedusa, ha comentado que, cuando comparamos nuestros héroes habituales con los antiguos, es imposible no sonreír ante la paradoja de que todo siga igual siendo por completo distinto. Se refería a los héroes de las multitudes y al hecho de que el bello y cojo Byron fue una figura mediática antes de que estas existieran. Fueron tantos los amores del lord que estos apenas caben en una biografía tan mínima como la de Lampedusa. Y lo que cabe aún menos es la turbadora historia de Ada Byron, la hija del poeta, hoy en día considerada una precursora del software y una auténtica visionaria de la informática (quizás la primera), nada menos que un siglo antes de la invención de los ordenadores. ¿Fueron los Byron los médiums utilizados por extraterrestres para revelarnos la dimensión digital y apantallarnos? Alguien tendría que indagar en esa sospecha.

En realidad hubo en la vida de Byron solo tres amores verdaderos: su esposa, su hermanastra Augusta (le dedicó grandes versos) y Teresa Guiccioli. Y, al parecer, 300 amigos, tantos como los del niño del Facebook de Coyoacán. A su muerte, dejó a su camarada Hobhouse una carga preciosa: el Don Juan inacabado, sus memorias autógrafas y una gran caja. Sus memorias las arrojaron de inmediato al fuego su esposa y su hermanastra. La caja fue abierta y contenía 300 miniaturas: “Byron, hombre asaz meticuloso, hacía pintar los retratos de todos los amigos a los que quería y de todas las mujeres a las que había amado. Y cada miniatura estaba guardada en un sobre de marroquinería”.

Nos creemos ultramodernos y digitales, pero Facebook, con sus 300 retratos, ya estaba en la elegante caja de Byron. “Todo está en todo” es el entrañable lema de los alquimistas que tanto complace a Sergio Pitol. Y sí. Todo está en todo, es verdad, aunque la caja con sus 300 estuches (puede verse en el Museo Byron de Newstead) es de una belleza muy superior a cualquier página digital con 300 fotografías de amigos o de oseznos contemporáneos, lo que nos confirma tanto la paradoja de que el mundo de hoy es idéntico al de antes (siendo por completo distinto) como la sospecha de que cualquier Facebook pasado fue infinitamente mejor.

Enrique Vila-Matas

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AQUEL OTOÑO DEL DOCTOR BOVARY

Posted in Narraciones que me gustan on 7 febrero 2011 by cuestiondeego

No es abril el mes más cruel. Es octubre. La existencia se agazapa como antes lo ha hecho la nada. Hay un pacto entre ellas, se turnan, se justifican mutuamente, pero no establecen pacto alguno con los hombres, que pueden morir en medio de la vida más espléndida o en el momento más triste de la ciudad. Mamá empezó a irse en octubre, aunque no se despidió hasta enero, cuando la miseria es más dura.

A Jeanne la enterramos en otoño. El doctor Bovary no era un gran médico. No voy a negar su buena voluntad, aunque hubiese preferido que la atendiese otro. Pero Jeanne siempre había querido que fuese él, ese hombre solitario del que, con el tiempo y por esos misterios de la comunicación, supimos que había vivido una tragedia con su mujer, que se quitó la vida. Tal vez Jeanne abrigase alguna esperanza de recobrar la salud a su lado y ocupar su existencia. Hasta hacerse cargo de la niña, la pequeña Berta, a la que su padre cuidaba como buenamente podía.

Y algo debía de sentir Charles Bovary por Jeanne, porque veló toda la noche en la casa y después fue con nosotras al cementerio y lloró desconsoladamente. Quizá por ella, quizá por su propio fracaso como médico, quizá porque él también hubiese imaginado una madre para Berta. El corazón de los hombres no siempre es transparente. El de Bovary no lo era. Supongo que lo oscurecía el dolor.

Cuando dejamos a Jeanne en la tierra, él se marchó con su hija en un carruaje y nosotras elegimos regresar andando. Vinimos bordeando el bosque, por el paseo exterior. Aunque parezca insólito, nuestro grupo de mujeres de luto caminando en el anochecer no llamaba la atención. Había mucha gente y toda parecía tristísima, un tanto fantasmal a la luz pobre de las farolas de gas en la niebla.

Me asombra que hayan pasado casi veinte años de aquello.  Ayer encontré en la calle a Berta Bovary, toda una mujer. Desde luego, me reconoció ella. Su padre murió hace tiempo, ella se ha casado con un hombre de Barcelona y piensan marchar a América, al sur, donde en octubre es primavera.

Horacio Vázquez Rial

 

EL SUEÑO DEL REY

Posted in Narraciones que me gustan on 21 enero 2011 by cuestiondeego

-Ahora está soñando. ¿Con quién sueña? ¿Lo sabes?

-Nadie lo sabe. -Sueña contigo. Y si dejara de soñar, ¿qué sería de ti?

-No lo sé.

-Desaparecerías. Eres una figura de su sueño. Si se despertara ese Rey te apagarías como una vela.

Lewis Carroll

LAS ALMOHADAS DESNUDAS

Posted in General, Narraciones que me gustan on 30 diciembre 2010 by cuestiondeego

 

Las chicas cruzaban la ciudad todos los lunes para venir a vernos. Les daba igual que el calor fuera asfixiante, que las calles ardieran como bosques en guerra, que no hubiera quién respirara el aire quemado por el sol. Ellas venían todos los lunes, ataviadas con sus ropas de domingo, con vestidos ligeros, aéreos, un rato después de que llegara el cartero con la baliza militar. Las pobres no sabían leer. No entendían ni una palabra de las cartas que sus novios les escribían desde el frente. Y abandonaban sus dulces hogares de la colina con la esperanza de que nosotros las ayudáramos. Sus madres las prevenían, ¡Mucho cuidado con los artistas!, ¡no son trigo limpio! Pero ellas o eran valientes o unas auténticas descabezadas, y venían decididas a nuestras pobretonas embarcaciones del puerto, donde fingíamos estar concentrados, abstraídos en el lento ascenso a las esferas luminiscentes de las ideas. Pura pose. En realidad lo que hacíamos era dormitar, broncearnos, vaguear, y de cuando en cuando, mirar con el rabo del ojo cómo brillaban sobre el lomo del mar los peces plateados de la mañana. En resumen, perdíamos el tiempo, nuestro valioso tiempo, sin reparar en todo lo que arrebatábamos a la posteridad, en todo lo que perdía la Literatura Universal con cada página que no escribíamos. Languidecíamos, sudábamos, pasábamos del mundo. Y la visita de las chicas acontecía como una fiesta patronal. Sacábamos de las bodegas agua de Perito Moreno, tequila La Mordida, sal, limones y bloques de hielo. Las invitábamos a brindar. Nosotros conjurábamos a las musas, ellas, al santo patrón de los soldados que morirán vírgenes. Y luego nos pedían que nos pusiéramos manos a la obra. Buscaban en sus escotes los sobres manoseados. Los abrían con ternura y con torpeza. Sacaban el contenido y nos lo daban. Nosotros pasábamos la vista por encima, un poco sorprendidos por la caligrafía de parvulario, pero enseguida nos espantábamos con el contenido. ¡Menudo despropósito! Todo en la vida se puede perdonar a un hombre excepto que no sepa expresar su amor por una mujer. Si de nosotros hubiera dependido, habríamos montado un consejo de guerra a esa pandilla de paletos. ¡Todos fusilados sin más! Y las bobas nos miraban a la espera. ¿Cómo íbamos a leerles aquello? No podíamos repetir en voz alta esa lista de tristezas. No a las diosas bípedas y pluscuamperfectas y del pueblucho. Ellas no merecían oír cómo sus hombres padecían hambre, cómo añoraban sus muslos blancuzcos, cómo rabiaban por oler de nuevo sus pelos sucios. Ellas merecían auténtica poesía, canción de tripas, que se dice. Todas las princesas que orillaran en nuestro corazón tenían ganado un poema al menos, y éstas más, con su belleza desbordada de ingenuidad, bonachonas y concupiscentes, éstas que estaban condenadas a no conocer más mundo que el que trajeran en la boca sus novios estúpidos. Nos daban lástima, sí, las tontitas. Así que adornábamos las cosas. Componíamos. Y qué versos: parecían metales ardiendo al contacto con la saliva. Nos burbujeaban en la garganta. Ellas entornaban la mirada, enamoradas perdidas. Segregaban un lagrimeo exagerado, bien cargado de autocompasión. Y nosotros nos crecíamos. Componíamos poemas más largos, improvisábamos sonetos envenenados, furibundos como amantes desahuciados, palabras que conspiraban con palabras para que abandonaran sus crisálidas las mariposas del pecho. Y las chicas seguían llorando y bebiendo tequila El Mariachi bajo el sol enquistado en el cenit del cielo. ¡Parecían plañideras fuera de sí! Todas las veces teníamos la esperanza de poder follarlas ahí mismo, borrachas como estaban. Pero enseguida se quedaban dormidas en nuestros brazos, o a nuestros pies, o cómodamente en las hamacas de la cubierta, con la respiración profunda acompasada al lento mecer de nuestras embarcaciones. Caían en sueños lentos como caramelo fundido, y de vez en cuando hablaban, pronunciaban palabras sueltas casi siempre, retales del sueño, sinsentidos, sonidos encriptados, cifraturas irresolubles. Y nosotros las mirábamos un poco decepcionados. Encendíamos cigarros Romeo nº 2, y los fumábamos con una última copa de Tequila Rio Seco, y repetíamos de memoria aquellos versos inspirados en la misma nada de nuestro vacío, que era una nada llena de tratos inútiles, de desamores, y lentos camiones de mudanzas, y barba de varios días, y contrariedades, despedidas y ojeras, y techos deshilachados que no llegamos nunca a tocar. Eran versos para las monas de aquel pueblo de la costa, pero en realidad eran jirones de nuestra propia música. Nos dejaban más melancólicos que el otoño en un carrusel. Nos horadaban. Nos hacían mierda. Nos pasaban por su pasapuré. Y cuando daban las tantas aún seguíamos deambulando por el desasosiego, hasta que alguien sacaba plumas y papeles y los repartía, y escribíamos. ¿Para qué? ¿Con qué sentido? ¿Para hundir más la rueda en el cieno? Eran preguntas inevitables, aunque no servían de nada. Una estampida de versos nos abandonaba. Nos apuñalaba la sangre, ¡nuestra propia sangre coagulada en cristales! Las palabras lo llenaban todo. Rodaban de proa a popa, se quedaban enredadas de los cabrestantes, se pegaban como lapas a la quilla, se hacían fuertes en el puente de mando. Las bellas lo ignoraban todo y seguían dormidas. De cuando en cuando, una palabra se les trenzaba en el pelo, se les colaba nariz adentro, pero luego la suspiraban y ahí quedaba todo. Hasta en las cartas de los soldados se pegaban, más elegantes, con caligrafía bonita, y cadencia y metáfora. Había que resignarse, escribir era inevitable. Y duro, y dramático, y lleno de recovecos oscuros donde habitan bestias que uno nunca debería ver. Lo de la escritura era una desgracia como otra cualquiera. Iba con uno. No convenía planteárselo. Si nacías con esa tara, te podías dar por jodido. Lo único que cabía era buscarle un sentido, un motivo. En definitiva, un destinatario. Y el primero de nosotros en hacerlo fue Louis Ferdinand. A la bella Molly, a la hermosa Lucette, le escribió infatigable hasta quedarse sin aliento. De las yemas de los dedos se le desprendían letras melancólicas, hormigas, migas negras caídas de la belleza que guardaba de ella, tanta como para veinte años, decía. “Tan viva, tan cálida, que aún me queda para los dos y para por lo menos veinte años, el tiempo de llegar al fin”. Y eran palabras que bien se las hubiera podido escribir otro a Beatrice, a Isabel, a la misma Nicola Six, Anne Hall, Remedios la bella, Jan Gabrial, Oja Kodar, o también Raquel Sánchez, claro, por quien nunca nadie se cortó un lóbulo, pero en quien pensábamos a menudo, con la misma tristeza desquiciada y salvaje que invadía como gorriones las copas de los árboles, hacía funcionar los semáforos de las calles vacías, o dejaba en el cielo del paladar el sabor blanquecino de la nieve que caía a lo lejos, muchos kilómetros al norte. Estaba claro que éramos una pandilla de tristes, de desgraciados. Que habíamos fracasado en todo. Que nuestras vidas daban pena. Y que aun así, nada era para tanto, nada había sido tan malo. Teníamos algo que dignificaba todas nuestras miserias. “He defendido mi alma hasta ahora, y Molly me regaló tanto cariño y ensueño en aquellos meses de América, que, si viniera mañana la muerte a buscarme, nunca llegaría a estar, estoy seguro, tan frío, ruin y grosero como los otros.” La memoria era una trampa para morosos. Las princesas se despertaban casi al anochecer. Les dolía la cabeza del alcohol y el cuello de la postura. Les dolía la garganta también de la fruición de las palabras. Tenían los labios enrojecidos por viento caliente cargado de salitre. Las noches tenían los techos bajos. Las estrellas nos rondaban la cabeza como insectos radioactivos. Ellas se guardaban en el escote las cartas y volvían caminando a sus casas. Sus madres las esperaban preocupadas. No se fiaban ni un pelo de nosotros. Y no les faltaba razón. Éramos unos tíos de lo más extraño. A miles de kilómetros todos los jóvenes del país andaban mordiendo el polvo de las trincheras. ¡Jugándose el gaznate a la lotería de la patria! Muchos de ellos no regresarían nunca. Sus pobres novias lo sospechaban. Incluso alguna lo deseaba. O eso nos gustaba creer, como si hubiéramos entendido que sus palabras dormidas nos hablaban de un sueño tan hermoso y profundo que solo se puede evocar en secreto. A espaldas incluso de uno mismo.

Nacho Abad

PD:  este texto lo he sacado de la web de Enrique Vila-Matas.  Me encanta.

SOLEDAD

Posted in Narraciones que me gustan on 10 julio 2008 by cuestiondeego

Le fui a quitar el hilo rojo que tenía sobre el hombro, como una culebrita. Sonrió y puso la mano para recogerlo de la mía. Muchas gracias, me dijo, muy amable, de dónde es usted. Y comenzamos una conversación entretenida, llena de vericuetos y anécdotas exóticas, porque los dos habíamos viajado y sufrido mucho. Me despedí al rato, prometiendo saludarle la próxima vez que le viera, y si se terciaba tomarnos un café mientras continuábamos charlando.
No sé qué me movió a volver la cabeza, tan sólo unos pasos más allá. Se estaba colocando de nuevo, cuidadosamente, el hilo rojo sobre el hombro, sin duda para intentar capturar otra víctima que llenara durante unos minutos el amplio pozo de su soledad.
Pedro de Miguel